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Celebración del Adviento según los libros litúrgicos actuales
Fray Sergio Uribe G., Capuchino.

 

La Iglesia, en la Reforma Litúrgica posterior al Concilio Vaticano II, recuerda y celebra en el Adviento estos dos aspectos que nos entrega la historia de este tiempo litúrgico:
            * el Nacimiento de Jesús en Belén, primera venida, y
            * su vuelta gloriosa al final de los tiempos, segunda venida.

Ciertamente se trata de una preparación espiritual al tiempo litúrgico de Navidad y de Epifanía, es decir, de estas dos manifestaciones del Señor como nuestro Salvador, pero sin olvidar su Parusía final. 

A partir de este contenido podremos comprender mejor la estructura actual de nuestros libros litúrgicos.

Con razón algunos hablan de dos Advientos, el Adviento escatológico y el Adviento navideño. Aun con una acentuación cronológica.  El primero, el que conmemora la segunda Venida del Señor se inicia el Primer Domingo de Adviento y termina el día 16 de diciembre. Los domingos y ferias entre el 17 y el 24 de diciembre son una preparación más directa e inmediata a la Solemnidad de la Navidad.

Aunque lo que acabamos de afirmar no es absoluto: en la primera parte de este tiempo encontramos, sobre todo en algunas oraciones presidenciales de la Misa y de la Liturgia de las Horas, alusiones directas a la fiesta de Navidad que se avecina. Como igualmente en los textos litúrgicos de las ferias mayores del Adviento, 17 al 24 de diciembre,  también hay alusiones referentes a la escatología.

En cuanto al contenido de su celebración se nos propone que vivamos este tiempo como una expectación piadosa  y alegre  [Calendario Romano n 39]. Debemos detenernos un poco en estos dos aspectos o ideales de los que se nos proponen, la piedad  y la alegría.

A los que vivimos hoy en nuestro medio no nos resulta fácil la vivencia ideal de este tiempo litúrgico del Adviento: en estos días nos sentimos presionados por un contexto y un ambiente que no son favorables: nuestras comunidades cristianas están terminando el Mes de María que atrae atención, interés y piedad; los ajetreos previos a la Navidad, en ocasiones tan poco cristianos que nos impone el ambiente y la sociedad de consumo, distraen nuestra atención y mucho más nuestro interés ante el contenido espiritual del Adviento; los afanes propios del fin del año escolar, pastoral, laboral distraen igualmente la mente y centran las preocupaciones en otros objetivos. Una celebración piadosa y alegre del Adviento viene a resultar para nosotros un ideal lejano, pero también un real desafío cristiano.

¿Qué elementos podríamos acentuar? ¿Dónde podríamos encontrar el método de mejorar su celebración?

Señalamos algunos que la Iglesia nos propone: Partamos de que el Adviento es una manifestación de Dios y que esta manifestación es salvadora. Para aceptar esa salvación la actitud típica del creyente será asumirla en espíritu de conversión, de vigilancia y de alegría.

Uno:
A partir del contenido de los textos litúrgicos:

1.1.      Dios se nos manifestó y se nos manifiesta hoy su salvación a través de signos. Dios Padre es, en su Hijo Jesucristo, el vencedor del mal y del pecado. Vencedor no en sentido triunfalista, sino liberador.

1.2.      Frente a los hechos concretos de su manifestación, la actitud propia del creyente es la FE. Esa fe que descubre a Dios cercano en la simplicidad de su Iglesia, en su Palabra, en los Sacramentos que salvan, en la vida testimonial de los cristianos.

1.3.      Celebración de la Liturgia: La Palabra de Dios, celebrada en el contexto actual. Sabemos que la Palabra de Dios es eterna, es decir, es siempre actual. Y es el marco histórico concreto de nuestra vida donde hay que proclamarla, entenderla, acogerla y vivirla.

Dos:
A partir de un redescubrimiento de la Parusía como acontecimiento salvador por excelencia.

2.1.      Es un dato estadístico que nuestro pueblo cristiano no tiene claro el concepto de la segunda Venida del Señor.  Una catequesis demasiado parcial ha acentuado más su sentido de juicio y condenación que de término y coronación de la salvación. Es preciso tener en cuenta este dato para poder darle al Adviento el carácter de espera alegre de esa vuelta salvadora del Señor que vendrá a coronar en nosotros su salvación de amor y de benevolencia.

2.2.      Sin negar el contenido de juicio que el Señor realizará en su Segunda Venida, la revelación actúa el aspecto salvador de ese acontecimiento. Las muestras de amor con que el Señor fue jalonando la vida del creyente a través de los Sacramentos, de la vida de la Iglesia, del testimonio evangélico comprometido serán coronados en este momento de la Manifestación que culmina la salvación.
Cabe aquí repetir la oración de nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Ven, Señor Jesús! Marana tah!: Ven a terminar la salvación aun inconclusa, a concluir la acción misericordiosa del Padre que, a través de su Hijo, nos manifiesta su amor salvador.

2.3.      En esta línea de la espera del Señor, el Adviento es una buena oportunidad de cultivar la virtud cristiana de la ESPERANZA, que no se funda en nuestros méritos, si no en la misericordiosa benignidad del amor de Dios que nos manifiesta en Jesús, su Hijo. Esperanza como virtud activa, que nos compromete a edificar activamente un futuro a través de la vivencia testimonial de la Palabra del Señor.

Tres:
Asumir las costumbres de nuestro pueblo. Son muchos los elementos que asume y utiliza nuestro pueblo cristiano en este tiempo de Adviento, particularmente en torno al contenido religioso y celebrativo de la Navidad. Sería conveniente dar a estos elementos un sentido más cristiano de vivencia de algunos valores concretos que emergen de estas celebraciones.

3.1.      Se está haciendo cada vez más frecuente en nuestras comunidades cristianas poner en los templos, capillas, comunidades religiosas la Corona de Adviento.

3.2.      Es costumbre muy frecuente en nuestros hogares hacer un pesebre con motivos de la solemnidad navideña. Tal vez podría interesarse toda la familia en su construcción, sobre todo haciendo participar a los niños en forma muy activa. Hay comunidades cristianas que van preparando poco a poco, desde el término de nuestro Mes de María, la construcción de estos pesebres: en ocasiones haciendo que los niños siembren en un macetero o vasija un poco de trigo que, hacia el 24 de diciembre, ya estará nacido para adornar el Belén del hogar.

3.3.      Son infaltables los regalos que, con motivo de la Navidad, se hacen en nuestras  familias, especialmente a los niños. El ambiente materialista y consumista de nuestra sociedad le ha quitado a esta costumbre el sentido cristiano que tiene y la ha convertido en un compromiso social, muchas veces pesado, comprometente y oneroso. Podría resultar un buen desafío para nuestras comunidades cristianas lograr catequizar y cristianizar esta costumbre poniéndola en relación y dependencia de la bondad de Dios que, en la entrega de su Hijo, nos demuestra la abundancia de su amor y, sobre todo, de su gratuidad sin límites.

3.4.      Aunque se ha perdido mucho, sobre todo en ambientes urbanos, la costumbre de la Novena de Navidad, podías tal vez vitalizarse a partir de lo que la Liturgia nos propone para los días inmediatamente anteriores a la Navidad, las ferias entre el 17 y el 24 de diciembre (Calendario Romano, n 42). Durante esos días la Iglesia va recordando en la Liturgia de las Horas y en la proclamación del Evangelio de las Misas, los títulos más importantes que la Biblia le da al Mesías Salvador: Sabiduría de Dios; Pastor de la Casa de Israel; Renuevo del tronco de Jesé; Llave de David y Cetro de la Casa de Israel; Sol que nace de lo alto; Rey de las Naciones; y Emmanuel, Dios-con-nosotros. Estos títulos bíblicos podrían ser la base de una buena catequesis que nos centre en las características del Mesías que se nos manifiesta naciendo por nosotros en Belén